🌊 El luto de lo que sigue vivo: Cuando el agua se llevó nuestro refugio

 CERRAR LOS OJOS Y VOLVER A MACONDO

Historia 3: El luto

Aunque por lógica narrativa esta debería ser quizás la última historia de esta recopilación, he decidido colocarla aquí, para explicar el sentimiento más visceral y profundo antes de comenzar a desplegar las muchísimas anécdotas e historias luminosas que aún conservamos intactas de ese lugar. Necesito que comprendan desde qué lugar del alma brotan estos recuerdos. Y es que no todas las muertes vienen acompañadas por un certificado de defunción ni todas las tumbas se cavan en la frialdad de la tierra. A veces, el luto más doloroso y profundo se viste de cotidiana normalidad, de días que avanzan sin pausa, obligándonos a despedirnos en silencio de cosas, espacios y momentos que siguen existiendo en el universo, pero que sencillamente ya no nos pertenecen.

El luto no es un territorio exclusivo de los cuerpos que se apagan y dejan de respirar; el luto es también para los lugares que el agua devora sin piedad y para los tiempos dorados que el calendario nos arranca violentamente de las manos.

Mi lugar favorito sobre la tierra, ese rincón único del mundo donde la vida parecía discurrir a un ritmo mucho más amable, pausado y generoso, junto con las amadas y queridas calles de Macondo, terminaron sepultados bajo las aguas, inundados por el avance lento e implacable de un lago. No hubo espacio para la tregua, ni tiempo suficiente para negociar con la marea, ni margen para buscar alternativas de salvación; el agua simplemente subió con una fuerza indómita y, al hacerlo, se fue llevando a su paso las paredes que durante décadas guardaron nuestras risas más estruendosas, las esquinas sagradas donde se tejían las confidencias de madrugada y los hitos invisibles pero eternos que marcaban el mapa exacto de nuestra historia personal.

Aquella devastadora inundación no solo arrasó con las estructuras físicas, el concreto, los techos y los jardines, sino que provocó un terremoto emocional aún mayor: nos obligó a mudarnos a toda prisa, a dispersarnos por la geografía y a tomar caminos radicalmente distintos. Nos separamos sin quererlo jamás, sin una sola pelea de por medio que lo propiciara, sin un desgaste de afectos que justificara el triste final de una etapa. Nos desprendimos simplemente empujados por una corriente externa, implacable y ajena a nuestra propia voluntad.

Esa separación involuntaria es, quizás, la forma más cruel, silenciosa y compleja de la ausencia. Es la experiencia amarga de quedarse con el cariño intacto en el pecho, con la memoria viva y fresca palpitando en la sien, y con la certeza absoluta de que la otra persona sigue caminando en algún lugar del mundo, pero experimentando la imposibilidad radical e injusta de compartir el día a día. Es la dura tarea de aprender a convivir con el eco de una voz que ya no resuena en la habitación contigua y cargar con el peso infinito de un adiós que ninguno de nosotros quiso pronunciar jamás.

El verdadero peso de la memoria se instala con una fuerza demoledora precisamente en los pequeños rituales que solíamos compartir. Se extraña con un nudo en la garganta la llegada de los carnavales que llenaban de color, risas y juego el aire fresco del vecindario; las tardes improvisadas de café humeante y juegos de mesa que lograban pausar mágicamente el curso del tiempo, y esos viernes por la tarde que sabían al más puro refugio tras la rutina de la semana. Se añoran con lágrimas contenidas los diciembres enteros, pero especialmente esas noches mágicas del 24 y del 31 en las que el calendario parecía detenerse por completo y nos encontraba a todos juntos amaneciendo, mientras la música alegre, los abrazos sinceros y el baile desinhibido se adueñaban por entero de las calles de nuestro Macondo.

Duele en lo más profundo la ausencia de las fiestas espontáneas, de los cumpleaños celebrados codo a codo alrededor de una misma mesa, y de los atardeceres dorados que parecían pintados en el cielo exclusivamente para el deleite de nuestra tribu. Es tanto, absolutamente tanto lo que se echa de menos cada hora, que la geografía de los sueños termina por traicionarnos o por consolarnos, según la perspectiva con que se mire al despertar.

Cada vez que la noche finalmente cae, el descanso llega y la mente entornada dibuja en la penumbra la imagen sagrada del hogar, la respuesta del subconsciente es siempre, invariablemente, la misma. Lo que aparece ante mis ojos cerrados no es una ubicación cualquiera registrada en la frialdad de un mapa interactivo, sino aquellas casas queridas de mi lugar favorito. Son espacios cálidos, rodeados de vegetación, con paredes acogedoras que nos ofrecían día a día la certeza firme e inquebrantable de estar completamente a salvo del resto del mundo. Eran hogares donde la verdadera seguridad no dependía en absoluto de cerrojos de hierro, alarmas o altas cercas, sino de la presencia cercana, a solo unos pasos de distancia, de los amigos verdaderos; de esa red invisible pero indestructible de afectos genuinos que cuidaba, sostenía y protegía cada uno de nuestros pasos.

Por eso, aunque el agua se haya llevado las estructuras y el mapa haya cambiado para siempre, este luto no es una renuncia. Es el tributo necesario que le rindo a la belleza de lo vivido, la puerta de entrada a estas páginas donde el agua jamás podrá ahogar nuestras memorias.

Ronexa

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