🌳 ¡Te espero en la plaza!

Hay lugares que no solo ocupan un espacio geográfico en nuestra vida; ocupan un lugar permanente en nuestra memoria. Al cerrar los ojos, vuelvo a esa plaza que fue el epicentro de mi infancia: un lugar donde el tiempo parecía detenerse para permitirnos, simplemente, ser.

El eje de nuestro universo

Aquella plaza era mucho más que un parque: era el corazón palpitante del barrio. Por ahí pasaban todas las calles y por ahí pasábamos todos. Era un punto de encuentro intergeneracional donde coincidían niños, jóvenes y los adultos que cruzaban el lugar en su rutina diaria.

Pasadas las 5:00 de la tarde, la atmósfera se transformaba. Las bicicletas, los patines y las risas de decenas de niños corriendo creaban una sinfonía de absoluta libertad.

Incluso cuando a las 5:30 p.m. los insectos nos invadían por la cercanía con el lago, nadie se movía. Permanecíamos ahí, compartiendo. Era nuestro santuario para hablar de todo: del día, de lo pendiente y de los planes del fin de semana. Tardes de una sencillez que, vista a través de los años, hoy entiendo como una verdadera riqueza.

Los 80, la rampa en 'U' y el mundo en nuestro patio

Con los años, el escenario maduró con nosotros. En los años 80 estalló la fiebre del patinaje y nuestra plaza se convirtió en la meca del deporte. Tras la instalación del peralte —una estructura en forma de "U" donde los muchachos hacían competencias—, el lugar cobró una dimensión insospechada.

De pronto, vimos llegar gente de Canadá, Francia y otras partes del mundo para competir en patineta. Aquello colocó a nuestra urbanización en el mapa, convirtiendo un juego de barrio en un verdadero fenómeno internacional.

Crecer entre primeros amores y pequeños excesos

Lo mejor de mi lugar favorito es que no solo jugábamos allí: la mayoría estudiábamos en la misma escuela. Éramos una tribu grande que se conocía todas las facetas.

Los fines de semana, chicos de otros sectores llegaban atraídos por el movimiento. Y cuando la adolescencia trajo consigo sus propios descubrimientos —el primer cigarrillo, el licor y las torpezas de la edad—, la plaza se mantuvo como nuestro refugio seguro.

Fue allí donde viví mi gran amor platónico. Él era el niño más lindo, el más inteligente y el mejor deportista de su clase. Recuerdo verlo salir de su casa para ir a jugar y sentir que el estómago me daba un vuelco. Ante mis ojos, no existía nadie más perfecto. Aunque nunca corrió hacia mí, lo sigo recordando con la pureza sincera de esa niña que se emocionaba solo con verlo pasar.

Mi guardiana y la belleza de no tener miedo

Pero en medio de ese escenario lleno de vida, hay una figura que brilla con luz propia: mi amiga. En aquella época, ella no era solo una compañera de juegos; era mi brújula y mi protectora.

Aunque era menor que yo, su fortaleza era inmensa. De su mano aprendí a ver la vida como una aventura constante, a perder el miedo, a amar la lectura, a escribir y a encontrar belleza en la playa bajo el manto de la noche. Me cuidaba, me acompañaba a casa y actuaba como mi guardiana personal.

Hoy, aunque la distancia nos separa y la comunicación sea poca, el agradecimiento permanece intacto. Soy de pocos amigos, pero quienes habitan en mi memoria tienen un lugar sagrado. Ella me enseñó a valorar la autenticidad, una lección que hoy, a mis cuarenta y tantos, sigue guiando cada uno de mis pasos.

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